Cuando regresaba de Lisboa a Barcelona en un vuelo nocturno, con la frente apoyada en una ventanilla, se desplegaba allá abajo un espectáculo único: luces, miles, millones de luces que conformaban un ente vivo, una epidermis tatuada con senderos, deltas y las más variadas formas geométricas creadas al azar por la civilización humana. Imaginé una sinapsis cerebral cuyos neurotransmisores eran esos infinitos cables iluminados, azarosos. También visualicé una metástasis generalizada producida por un cáncer llamado humanidad. Es lo que a menudo traen consigo los vuelos nocturnos; pensamientos agotados que deambulan de la luz a la oscuridad y viceversa.

Por ello fue —quizá— que unas imágenes harto más esperanzadoras vinieron a mi rescate: niños y niñas reposando sus cabezas sobre almohadas mullidas y babeadas. Rostros de adolescentes iluminados por las pantallas de sus móviles, apurando los últimos minutos antes que les descubra mamá. Padres apoltronados, semidormidos frente a la tv, anestesiándose con algún programa tonto para conseguir olvidar los horrores escupidos por los telediarios. Una mujer solitaria llenando de leche el cuenco de su gato, una pareja de enamorados haciendo el amor por primera vez, una cuadrilla de chicos viendo un partido de liga en un bar, bebiendo cervezas y comiendo patatas bravas…

De ahí en adelante las imágenes —y las posibilidades— se multiplicaron generando un vórtice de personajes, unos más felices que otros (o menos tristes que otros), que se entremezclaban entre ellos creando la figura de un solo ser humano: desde el vendedor de latas de cerveza a un euro en las grandes ciudades, pasando por el marinero que ya se hace a la mar para conseguir volver con su pesca antes del amanecer, a los tertulianos y presentadores de tv de programas trasnochados, a las locutoras de radio que murmuran consejos y acompañan a tantos trabajadores que hacen guardia nocturna, a la profesora que, rendida, esboza una sonrisa recordando alguna fechoría infantil, inocente, y que luego aprieta los labios recordando que al siguiente día le llega una alumna nueva, ampliando aún más un ratio inabarcable; al presidente de la nación jugando un vídeo juego para intentar desconectar, a la Reina en bata, expoliándose la cara con baba de caracol, a un futbolista dormido que da patadas bajo las colchas o despeja un balón manoteando el aire…, un sin fin de posibilidades, de entrecijos, y todo ello narrable e interpretable.

Con este blog quiero intentar, dentro de mis posibilidades, mostrar lo que acontece bajo esa red entretejida con luces fatuas, dándole más importancia al individuo que al colectivo, al ser humano más que a ese producto social, ya casi digital, llamado ciudadano.

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