Florencia Zegers
Dedicada a Valentina, mi hija peluda…
Trabajábamos en Las Ramblas de Barcelona. Nuestro espectáculo buscaba provocar la curiosidad del turista, la ternura de los niños, y la misericordia de las almas buenas. La escena consistía básicamente en él, mi amo, arrodillado y soplando una flauta dulce; frente a él yo, sentado e inmóvil, y con los ojos desorbitados. Junto a mí, una pequeña pizarra en donde mi amo escribía la fecha actualizada, el santo de aquel día, las temperaturas mínimas y máximas anunciadas por los telediarios, y luego las obviedades de rigor como gracias, que Dios os bendiga, etc. Bajo mi hocico, un cuenco de latón en donde caían —y repiqueteaban— las monedas que nos arrojaban los turistas.
Trabajábamos aproximadamente seis horas diarias. Los fines de semana incluso ocho o diez. Todo dependía del flujo turístico. Ni él sentía apremio por acudir a los servicios durante toda la jornada, ni yo movía un solo pelo del lugar en el que me habían instalado. Cómo lograba él permanecer tantas horas en semejante posición sin necesidad de acudir al servicio, podría parecer un misterio. Pero no lo era para mí; él apenas comía y casi no bebía. Salvo cuando se entregaba a su borrachera trimestral. Y aún en aquellas ocasiones, le bastaban sólo dos o tres cañas de vino Don Simón para olvidarse de la madre que lo había parido. Su única dieta consistía en manzanas y aguas de menta. Tenía tan avanzadas las úlceras, que hasta su propia saliva le corrompía las tripas.
Respecto a cómo era posible que un caniche permaneciera tantas horas sin moverse, ni ladrar a los patinadores, o salir persiguiendo una paloma, o tan sólo levantar la cabeza cuando alguna señora le llamaba con silbiditos, es fácil de explicar: estaba dopado. Sí señor, como lo oye, ¡colocado del hocico a la cola! En eso consistía mi primera y mi segunda comida, en un potaje blanco y espeso «vitaminizado» —por así decirlo— con ciertas sustancias que sabrá Dios cómo habían sido conseguidas. La cuestión es que nunca faltaban. Durante los ocho años que trabajamos juntos, no creo haber permanecido más de un par de meses seguidos en la plenitud de mis capacidades intelectuales.
Antes de probar la droga por primera vez, vivía en una especie de desconexión, en una inconsciencia natural de animal de compañía. De entonces tengo gratos recuerdos de bienestar. Más bien almaceno en el pellejo sensaciones agradables de cobijo y amor, de juegos locos e inocentes caricias… Por aquel entonces sentía verdadera devoción por mi verdugo. Él era mi madre. Me daba de comer, me incentivaba para que jugase, me alzaba en brazos para que pudiera contemplar la vecindad por la ventana de su quinto piso. De vez en cuando me bañaba y eso no me gustaba nada. Un día, incluso, hasta me sacó al parque a correr. Por aquél entonces interpretaba alegres y melodiosas tonadas en su flauta dulce, mientras yo le observaba echado en el suelo, sub normal, perro, moviendo la cabecita de un lado a otro, como para intentar descifrarlo. De vez en cuando, sobre todo hacia el anochecer, su humor cambiaba y soplaba notas largas y tristes que me hacían apoyar la cabeza sobre mis patas cruzadas y suspirar sin saber muy bien por qué. Cuando él me notaba entristecido, se me acercaba y me decía cosas ininteligibles, pero cargadas de dicha y optimismo, mientras me acariciaba el lomo y me propinaba palmaditas sobre la cabeza. Pasábamos todos los días y todas las noches juntos, inseparables. Yo era un cachorro feliz…, hasta que se le acabó la última prestación social y se vio obligado a trabajar. Y no tuvo una mejor idea que elegirme a mí como su ayudante.
Nos situamos en las Ramblas de Barcelona, casi al llegar a Plaza de Catalunya, en el mismo lugar en el que nos seguiríamos instalando durante años. Sabía que era exactamente la misma locación cada día porque reconocía el inconfundible aroma que desprendía una acacia ubicada a pocos metros. La primera vez se quedó ahí de pie, estático, con su mochila al hombro y mirando a su alrededor como un reptil acorralado, mientras yo intentaba escalar por sus pantorrillas en busca de una explicación. De pronto se dejó caer de rodillas al suelo, se descolgó la mochila de la espalda y sacó de ella su flauta dulce, una pequeña pizarra con las informaciones ya descritas, el cuenco de latón, y un cordel. Luego enroscó un extremo del cordel alrededor de su cintura y con el otro, me ató por el cuello y me posó de cola a él. Bajo mi hocico colocó el cuenco y en él puso dos o tres monedas como «sebo» para atraer a los turistas. Luego acercó su flauta dulce a los labios y comenzó a soplar de una forma tan lastimera, que yo no pude reprimir hacerle el contrapunto con unos aullidos de cachorro que eran censurados con tirones cortos —pero agresivos— del cordel que él manejaba a su antojo. Cada vez que un turista se inclinaba para dejar una moneda en el cuenco que había frente a mí, yo creía que iba a recibir una caricia e iba al encuentro de esa mano, mano que instintivamente se apartaba, nerviosa. Entonces, sin entender bien qué había hecho mal, me colocaba de espaldas en el suelo, con las cuatro patas apuntando al cielo, para recibir, aunque fuese, una caricia en la barriga. Pero nada: de un tirón mi amo me arrastraba de espaldas sobre los adoquines, me dejaba justo bajo su ira y me escupía unos gruñidos que me hacían soltar gotitas de orina. No sabía cómo complacerlo porque no sabía qué había hecho mal. Pero me desgañitaba en el intento.
Decidí cambiar de actitud. Cuando un turista se acercaba a nosotros, yo agachaba mis cuartos delanteros hasta tocar el suelo con mis pezones, elevando la cola lo más alto posible, y con esa actitud feroz, les gruñía. Aún con eso, seguían los tirones y los gritos. En una ocasión un turista arrojó dentro del cuenco un papelito plano y rectangular que yo cogí y despedacé en un santiamén. Me lancé entonces a los brazos de mi amo para que celebrásemos juntos el triunfo ante ese ataque traidor…: de no haber estado unido a su cintura por el cordel, es posible que me hubiese estrellado de hocico contra la acacia de enfrente. Así nos debatimos, como mínimo, durante un mes.
Recuerdo un montón de tirones, gritos, pellizcos, palmetazos, amenazas e incluso escupitajos, puesto que mi amo me culpaba exclusivamente a mí del poco éxito de su montaje. Probó intercalar la ejecución de la flauta dulce con la interpretación, a viva voz, de unas arcaicas y extrañas tonadas de su Catalunya Profunda. El espectáculo era aterrador. Siempre de rodillas y balanceándose como una alga submarina mecida por la marea, se sumía en un especie de letargo religioso: entornaba los ojos y aspiraba lenta y profundamente hasta que se le inflaban exageradamente los carrillos, al igual que a algunos trompetistas de jazz de la vieja Nueva Orleans. Luego, con todo ese aire acumulado, abría lentamente esa boca de labios finos de tal forma, que dentro de ella hubiese podido caber un balón de fútbol. Parecía una pitón tragando una presa invisible. Acostumbrado como estaba a soplar su flauta dulce, lo único que salía de su interior eran densos, aunque enérgicos…, susurros. Su voz no tenía nada de concreto, no había realidad ni sustancia en ella.
Pero no: decidió que el problema era el perrito. El perrito que no dejaba de ladrar, lamer y espantar a los turistas. El perrito que le destruía las propinas en forma de billetes. No quiso considerar el asunto de otra manera, porque nunca se detuvo a meditar un solo instante sobre ello. Ahora concluyo que el perrito fue el único «culpable», sí, pero de que al menos pudiésemos comer durante esos primeros días de audición callejera. Aún así, me quiso entrenar. ¡Y vaya de qué manera! Hasta un león se hubiese quebrado ante tales malos tratos… Sin manuales, sin guía alguna, sin atenerse a consejos de expertos, a su irritante modo; échate, échate, ¡échate perro hijo de perra! Yo me acurrucaba en mi mismo, escondía la cola entre mis huevos, bajaba las orejas, me arrastraba pegado a la pared de un lado a otro intentando demostrarle que estaba arrepentido y dispuesto a suicidarme o lo que él quisiera; que lo amaba, que lo idolatraba aunque me pegase, pero que no podía soportar la idea de que no me quisiese. Todo esto se lo decía ladrando, ladrando incesantemente. Mientras él me gritaba, yo le ladraba. Entonces comenzó a pegarme de verdad.
Para qué describir cómo. Lo que se puede decir al respecto es que su ira fue evolutiva. Una mañana en que me lanzaba por el aire sin destino claro, choqué con el vidrio de la ventana a través de la que él, hasta hacía pocas semanas, me mostraba la ciudad mientras me susurraba bellas cosas al oído. A punto estuve de pasar a mejor vida, y créanme, lamenté mi mala suerte. No entiendo para qué colocan vidrios tan gruesos en las ventanas de las fincas populosas.
Fue durante una de esas mañanas de entrenamiento cuando probé por primera vez la droga. Me la había añadido mi carcelero en el potaje después de una sesión de entrenamiento especialmente dura. Aparte de un deje un poco amargo, el menjunje mantenía casi su misma textura y sabor. En los primeros días el efecto de mi nuevo alimento, debo confesarlo, me gustó mucho, muchísimo. Porque todo cambió. Mi hiperactividad de cachorro se fue transmutando en un estado de meditación profunda. Cesaron los golpes, los gritos y los vuelos hacia la ventana. Me concentré en mí mismo y comencé a tener conciencia de mi existencia. Disfrutaba con estas nuevas sensaciones mentales y me producía un enorme placer el percibir tal cantidad de colores y formas nuevas, distorsionadas, divertidas. Y ese despertar tuvo su propia epifanía: una tarde de otoño unos actores callejeros se decidieron a actuar a pocos metros de nosotros. Recreaban, aunque de forma muy resumida y algo confusa, «El Mito de la Caverna de Platón». Uno de ellos, el actor principal, hacia de prisionero y se encargaba del monólogo. Los demás, las sombras (otros cuatro saltimbanquis, dos chicos y tres chicas), pasaban frente a él ataviados con los más variopintos disfraces y eran increpados por el prisionero. Al parecer el diálogo que establecían debía ser de lo más hilarante, puesto que los turistas se partían de risa. Aunque yo por entonces, no dominaba el inglés.
Mientras actuaban, mi amo, desde su puesto y de rodillas, les increpaba: ¡Ese era SÚ sitio! ¡ÉL había llegado primero! ¡Que llamaría de inmediato a la Guardia Urbana para que los echara! ¡Que él era catalán nacido en aquesta terra! ¡No como ellos, indocumentados, hippies de mierda! ¡Charnegos!, y otras lindezas semejantes. Mientras, yo observaba obnubilado —por los resquicios que me dejaban las piernas rojas de los guiris— la representación. Esta se repetiría, pese a las amenazas de mi amo, durante varios fines de semana con un promedio de doce «funciones» por día.
Hasta que mi amo cumplió con su amenaza y a través de llamadas anónimas —¡es un caguetas— consiguió echarles encima a la policía.
Antes de que eso sucediera, el actor principal, el que permanecía encadenado en el fondo de la caverna durante las representaciones, intentó amistarse con nosotros de las más diversas maneras, sin conseguir resultado alguno. Su tiento principal consistía en traerme trocitos de mortadela, pequeñas pelotas, pedacitos de pizza, mientras me propinaba rápidas caricias sobre el lomo. Mi amo (valiente desde lejos, pero cobarde en las distancias cortas), guardaba un feroz silencio mientras «fulminaba» al simpático actor…, con la mirada. A veces, en un rapto un tanto femenino, lanzaba su flauta dulce al suelo, cogía mis regalos, corría e intentando mezclarse con el público para no ser descubierto, los depositaba furtivamente frente a la troupe. En una ocasión en que mi amo devolvía los presentes del actor, este lo descubrió entre el público y cambiando drásticamente el monólogo original le espetó directamente a él —mientras fingía forcejear con sus cadenas— en un excelente castellano antiguo: «¿Por qué os regocijáis en incubar el veneno de vuestra propia amargura en un ser incapaz de presentar la más mínima resistencia? ¿En un ser cegado por el mismo amor que os profesa?». Y cambiando el tono cervantino por uno de Sevilla…: «¡Que no te sebe con er perrito, mi arma amargá!». Los turistas, que no entendían de la misa ni la mitad, reían a carcajadas. Ese domingo por la noche mi amo se vengó del actor…, dejándome sin comer y sin mi droga. Yo esperaba ansioso a que llegase el siguiente fin de semana para ver, aunque fuese de lejos, a ese declamador tan simpático.
Aunque nunca volvió a traerme regalos, el actor callejero me hacía muecas y carantoñas desde su puesto de trabajo. Si mi cuerpo me hubiese respondido, habría ido corriendo a lamerle los pies.
Aunque mi amo no se enterase, yo me dedicaba a observar, estático y en apariencia carente de toda emoción, todas y cada una de las representaciones de la compañía. Después de algún tiempo comencé a entender: ¿No podría ser yo mismo ese ser encadenado en el fondo de la caverna, condenado a presenciar la vida, que se sucedía rutinaria, pero viva, desde un inmovilismo al que me hubieron condenado fuerzas sobrenaturales? Al cabo de unas semanas de meditación, quise huir: en una ocasión, mientras mi amo se desenroscaba la cuerda de la cintura, me lancé como un loco a correr ramblas abajo, hacia el mar, hacia la libertad. Cuando me cogió en brazos y me llevó, como cada tarde, a casa, comprendí que solo había sido una ensoñación producida por la droga, y que jamás podría escapar, puesto que ninguna de mis cuatro patas me respondía.
Durante años, nada cambió. Ni siquiera por las noches podía uno gozar de un descanso merecido, porque una sí y otra no, saltaba de su camastro de carmelita descalzo (una estera insalubre que tiraba en cualquier rincón de la sala), habría los cajones de la cómoda en donde guardaba las monedas, y vaciando el contenido de todos ellos en el suelo, comenzaba a clasificar las pesetas. No podéis imaginaros la cantidad de bronce, cobre y hierro que había acumulado. Las clasificaba en montones de a 1, 5, 10, 25, 50 y 100 pesetas. Apuntaba las cantidades exactas, sin faltar a una milésima, en una roñosa libreta cuadriculada, para después, con cierto desdén, arrojarlas todas nuevamente en sus respectivos cajones. En otras ocasiones, mientras se masturbaba, sus gritos y alaridos irrumpían en medio de la noche: «¡Putas italianas, francesas, alemanas…! ¡Terneras inglesas! ¡Yo no soy un puto hippie! ¡No soy un puñetero mendigo! ¡Soy un intérprete! ¡Soy un músico! ¡Putas australianas…!».
Entre las nebulosas imágenes que he retenido en el transcurso de esos años aciagos, destacan sobre las otras las piernas de los turistas: piernas gordas y rojas con calcetines de hilo subidos hasta la mitad de la pantorrilla, y calzadas con sandalias de piel. De estas piernas veo sobresalir a montones y en bochornoso desorden, pelos cortos y opacos como los de un Bóxer Francés, o claros y lacios como los de un Pastor Belga. También veo grandes orificios enrojecidos que se suceden en líneas rectas por los muslos. Ahí nacen los pelos grandes y pequeños, pelos que sumándose unos a otros conforman una pierna…, piernas flacas y enjutas como las de un Galgo, cortas como las de un Salchicha, o fuertes y correosas como las de un Bull Dog. Innumerables piernas que se me acercan, que me rozan el hocico, que huelen a pollo frito y a patatas bravas y a sangría exudada. A veces baja una mano no sé de dónde, quizás una mano que corresponde a la misma pierna que huelo, y me acaricia la cabeza. Cuando eso sucede, mi amo lanza pitidos en staccato a la vez que repiquetea hacia adelante con la barbilla: ¡Fus, fus! También se indigna cuando algún «nacional» —un catalán, un español, o un vecino del barrio— me acaricia demasiado y me observa enternecido: ¿qué, te gusta el perrito? Suele inquirirle a los mirones, a la vez que con su dedo índice da picotazos sobre un letrero de cartón con el burdo dibujo de una máquina fotográfica acompañada por el signo del dólar, cartel que decidió colgarse sobre el pecho a los pocos meses de comenzar su oficio de «artista» callejero. ¡Que nadie te está sacando fotos, atontao!, solían gritarle. En más de una ocasión algún transeúnte también le gritó: «¡Maltratador de animales!». O, «¡suelta al perro, cabronazo!». No sé si lo hacían por solidarizarse con mi desgracia, o simplemente para provocarle a él: porque su defensa se limitaba a una serie de improperios silbantes y confusos, que le dibujaban dos aureolas de rubor sobre sus mejillas amarillentas, y provocaban las carcajadas del transeúnte entrometido. Con el tiempo esta provocación se convirtió en una rutina popular. Tanto así, que los sábados por la tarde acudían cuadrillas de muchachos catalanes para solazarse con mi amo, como aperitivo, antes de empezar el botellón. Muchas veces tuvimos que huir hacia la boca del metro entre un alud de improperios, escupitajos, latas de cervezas vacías o cualquier pequeño objeto apto para la humillación.
(Y hablando de humillaciones: no podía moverme, eso ya lo sabéis, ni siquiera la cola. Lo que no os he confesado, es que en muchas ocasiones algún perro se acercó a olisquearme el hocico o mis partes, y yo nunca pude hacer nada para defender mi honra. Jamás pude ladrar: ¡Por qué no le vas a oler el culo a tu madre, hijoputa!).
Pero la mayor parte del tiempo un monótono y agudo silbido me acupuntureaba la nuca. Era él, mi amo, quien soplaba la flauta como si escupiese, de rodillas, pidiendo una limosna para él, pero sobre todo para el pobre perrito. Pobre perrito, eso murmuraban las viejecillas del barrio. Y cuánta razón tenían, pobre perrito. Por eso en una ocasión decidí dejar de comer. Sin conseguirlo. Mi cuerpo se había habituado tanto a la droga, que incluso antes de que mi amo me la sirviese mi hocico comenzaba a salivar y mi cuerpo se activaba como el de un autómata; se ponía en pie él solo y daba unos pocos pasos hacia el cuenco de latón; luego inclinaba la cabeza hacia el cuenco y enterraba el hocico en él. Y así día tras día, hasta que una noche…
Una noche, después de recibir una paliza porque el recuento de las monedas no cuadraba con la cuota que él se había impuesto como su mínimo diario, caí muerto a los pies del televisor. Había rebotado en la pantalla encendida, justo a la hora del noticiario. Ahí yacía un pequeño cuerpo de caniche de pelo corto y grisáceo, con la punta de la lengua colgando por entremedio del canino y el colmillo izquierdos.
Desperté en el cielo. El cielo de los perros, pensé. Todo era blanco, impoluto y mullido, aunque había un aroma un tanto inquietante que me hizo gemir quedamente. Estaba echado sobre una continuidad blanca y blanda que parecía unirse a las paredes y al cielo. Y de pronto escuché la voz de mi amo. No sé qué decía, pero había otra voz que se alzaba sobre la suya y la hacía callar, la borraba. Entonces percibí que una mano me acariciaba la nuca: Pobre perrito —repetía una voz femenina—, pobre perrito… De pronto la figura de un ángel apareció ante mis ojos: una mujer vestida de blanco, con unos hermosos ojos marrones y una frente amplia, que me observaba con una ternura que jamás creí existiría. Son como mis ojos, pensé, e intenté sonreírle, pero no pude puesto que los míos se cerraron nuevamente. Desperté en casa. Lo primero que vi fue a mi verdugo sentado en el suelo, en el vértice de la sala, con la espalda mal apoyada en el ángulo en que se juntan las dos paredes. Me observaba con un odio intenso. Sólo fue un bonito sueño, concluí lleno de tristeza, y me volví a dormir creyendo que nunca más despertaría.
No sé cuánto tiempo permanecí en ese estado de semiinconsciencia, pero desperté. Cuando lo hice, ya no era el mismo. Me sentía despejado, lúcido, ¡hambriento! ¡Guau! Olisqueé el aire y en seguida me percaté de que mi amo no estaba en casa. Entonces —y para mi propia sorpresa— me incorporé y fui corriendo a la cocina para averiguar si por algún milagro, me había dejado algo en el plato. Pero a mitad de camino el inconfundible ruido de las ruedas de un patinete me hiso detenerme en seco. Ya sabéis cómo odiamos los perros pequeños los patinetes. Giré para encararme con el intruso, pero no había nadie. Entonces comencé a correr por la casa en busca de tan mortal enemigo. Este, estaba claro, se burlaba descaradamente de mí, puesto que me perseguía sin que yo pudiese dar con él por más que corriera y girara sobre mí mismo. Hasta que me atasqué entre las patas de una silla y mi vida cambió para siempre.
Me eché al suelo y me contorsioné para morder la madera que me había aprisionado. De pronto me vi mordiendo las ruedas de un pequeño carro. Sobre ese carro, bien atada y vendada, podría decirse que fusionada, toda la parte trasera de mi cuerpo, incluida la cola, descansaba inerte e inútil. Tal fue el terror que sentí, que tirando con todas las fuerzas de mis pezuñas delanteras, logré zafarme de las patas de la silla para comenzar una carrera histérica por todos los rincones de la casa, mientras ese carricoche, mi nueva mitad, me perseguía implacable sin que pudiera deshacerme de él. Caí rendido de cansancio y miedo. Al anochecer, me despertó el picaporte de la puerta. Y no es que esperase ansiosamente ver a mi amo, pero de algún modo necesitaba una explicación, quería saber cuál era mi nueva situación y además tenía un hambre perruna. Sin embargo, tardó mucho en abrir la puerta… Cuando al fin la abrió ya era de noche: entró tambaleándose con su mochila al hombro y olvidándose de cerrar la puerta tras de sí. Se plantó en medio de la sala y sin lograr mantener por completo el equilibrio, comenzó a mirar en derredor suyo, buscándome. En medio de esa penumbra, parecía un faro describiendo círculos con su foco delator. Hasta que al fin me encontró, acurrucado en uno de los vértices de la sala, temblando de forma tal que los goznes del carrito castañeteaban junto con mis colmillos.
Fue tan intenso el odio con el que me miró, acompañado por una gélida sonrisa de lagarto, que de inmediato comencé a correr por las orillas de la casa. Lo primero que me arrojó fue un montón de monedas que guardaba en sus bolsillos. Más de una rebotó en mis lomos. Luego me arrojó su flauta dulce, con tan mala puntería que esta atravesó el vidrio de la ventana para estrellarse afuera, en algún punto de la calle. Vociferando y tambaleándose corrió a la ventana y asomó medio cuerpo por ella. Alguien le increpó desde la calle, a lo que él respondió con una seguidilla de insultos chillones generados por sus nódulos inflamados. Sabía que apenas se cansara de gritar hacia el exterior, volvería a reparar en mí y algo me decía que esta vez no habría ningún modo de sobrevivir a su ira. Sin pensarlo más, corrí hacia la puerta abierta y me precipité escaleras abajo, produciendo un infernal ruido con el carrito. Este, para mi sorpresa, en vez de retrasarme en mi huida, más bien facilitaba el escape al propulsarme con sus rodamientos hacia delante. Nunca había salido solo a la calle, menos aún de noche, así que corrí por el único camino que había recorrido una y otra vez junto a mi amo durante años. No tardé más de quince minutos en llegar a Las Ramblas.
Aunque mi sueño consistente en escapar ramblas abajo hasta llegar al mar parecía cumplirse, nunca hubiese imaginado la cantidad de obstáculos que iba a tener que evadir para conseguirlo: cuadrillas de ingleses borrachos que me arrojaban latas de cervezas, italianos que gritaban y aplaudían e intentaban cogerme, franceses que me apuntaban con el dedo y sonreían a carcajadas, alemanes que alzaban sus grandes jarras de cerveza sin levantarse de sus poltronas, camareros con bandejas atiborradas de vasos de sangría y tortilla de patatas que debían saltar sobre mí para no tropezar, vasos volando sobre mi cabeza y estrellándose a pocos centímetros de mí como descargas de obuses que intentasen derribarme, señoras gritando, chicas rubias chillando, pakistaníes vendedores de latas de cerveza escondiendo su mercancía, prostitutas africanas escupiéndome y finalmente, policías persiguiéndome con sus motocicletas a lo largo de Las Ramblas de Barcelona. Mientras, yo intentaba llegar al mar como si ahí estuviera la puerta hacia la libertad. Y en cierto modo, ahí estaba.
El aroma a mar, que en la parte alta de Las Ramblas pude percibir sólo cuando la brisa marina soplaba desde el este, ofrendaba a mi nariz una multitud de matices. Y aunque me era imposible ver el mar, sí podía contemplar las luces de los grandes cruceros anclados en la orilla del puerto. Atrás quedaba el inicio de Las Ramblas con su monumento a Cristóbal Colón… Por delante, chimeneas gigantes que arrojaban vapor, edificios similares a fincas de departamentos, pero con ventanas mucho más pequeñas, y el ulular largo y lastimero de una sirena: ¡Huuuuuuuuuuuuuuuuuuu! Fue entonces cuando me estrellé con un montón de maletas y quedé atrapado en medio de ellas.
Entendiendo que era el final de mi escapada, comencé a aullar, pero mis aullidos eran acallados por el cercano ruido de las balizas policiales. De pronto, unas manos me alzaron con carrito y todo de entre los bultos que me habían atrapado. Pude reconocer enseguida al actor callejero que durante tanto tiempo interpretó el papel del hombre atado en la pared de la caverna. Al verme, me reconoció entusiasmado y así, en volandas y con mi ridículo carrito atado a mi parte trasera, me exhibió ante el resto de sus colegas, que me observaban entre perplejos y divertidos. No tardó mucho en llegar la policía, pero luego de intercambiar unas palabras con el hombre encadenado, se marcharon no sin antes propinarle una reprimenda a la que él, como actor consumado, respondió con extrema humildad y sumisión. Luego sostuvo una breve consulta con sus compañeros. Ellos asintieron o levantaron los hombros con indiferencia mientras cogían sus respectivas maletas del suelo. Entonces el actor, sin soltarme de entre sus brazos, siguió a sus compañeros en dirección a uno de los enormes barcos que anclaban en el puerto.
—¿Veo que tienes mucho que contarme eh? Al parecer ahora eres mitad androide…, pobre perrito…
Nunca había viajado en barco. La verdad es que jamás había ido a ninguna parte. La impresión que me produjo el observar cómo iban menguando las luces de la ciudad hasta desaparecer, fue confusa, mezcla de tristeza, cierta incertidumbre y hasta un poco de miedo. Pero los apetitosos trocitos de salchichas y las caricias con las que me consolaba mi nuevo amo, que observaba en silencio cómo suspiraba echado a un costado de su tumbona en la cubierta del barco, me fueron tranquilizando hasta que, mecido por el vaivén del barco y agotado por el esfuerzo de la huida, caí rendido de cansancio sobre cubierta.
EPÍLOGO…
Mi experiencia como perro-actor callejero, pese al infortunado modo de adquirirla, me ha servido mucho. No me preocupan las aglomeraciones, no me espantan los aplausos y sé relacionarme perfectamente con los turistas. Mi trabajo actual es, con mucho, más interesante, especializado y sobre todo, muy dinámico: cuando cae el telón imaginario sobre la última escena de nuestra particular versión del Mito de la Caverna de Platón, con los turistas rodeándonos en un semicírculo casi perfecto, entro en escena con mi carrito mejorado. Mi nuevo amo construyó una pequeña «tolva», una especie de bandeja que me añaden sólo cuando me toca actuar: con unas monedas colocadas previamente sobre mi tolva a modo de sebo, aparezco entre los turistas de la manera más ágil y bufonesca posible, dando pequeños ladridos y corriendo desaforadamente entre el escenario imaginario y el público, como si fuese un payaso loco al cual hubiesen soltado de algún manicomio. Indefectiblemente, el público lanza una unánime exclamación de aprobación y comienza a aplaudir y a reír a rienda suelta. Luego de dar algunos giros frente al respetable, me detengo ante ellos y con una actitud un tanto más seria, lanzo dos o tres ladridos de aviso. Luego me voy a uno de los extremos del semicírculo y lo recorro lentamente mientras las monedas van cayendo una tras otra sobre mi espalda artificial. Es increíble cuánta gente se acerca, sobre todo niños, solo para hacer la gracia de colocar una moneda sobre el carro del perrito.
Fin.

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